¿TÁCTICA O TRASTORNOS DE CONDUCTA? LOS INSULTOS DE MILEI Y LA PREGUNTA QUE INCOMODA: ¿SON CORTINAS DE HUMO O PIERDE EL CONTROL?

¿TÁCTICA O TRASTORNOS DE CONDUCTA? LOS INSULTOS DE MILEI Y LA PREGUNTA QUE INCOMODA: ¿SON CORTINAS DE HUMO O PIERDE EL CONTROL?

El nuevo ataque del Presidente a Marcelo Bonelli reabre un debate que excede la anécdota: ¿usa el insulto como herramienta calculada para correr el eje de la conversación pública, o son señales de que la distancia entre lo que le cuentan sus allegados y la realidad económica del país lo está desbordando? Un repaso con antecedentes, cifras y dos episodios judiciales que rara vez se recuerdan juntos.

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Por Alfonso Conrado 22 de agosto de 2026

Cada vez que Javier Milei sale a insultar a un periodista, ya sea en X o en una conferencia o entrevisra, se abre la misma discusión: ¿es una jugada calculada o es simple descontrol? El episodio de ayer contra Marcelo Bonelli —a quien llamó "mierda humana mal cagada" y acusó de mentir "cerca de 40 veces"— tiene un disparador concreto que ayuda a pensar la pregunta: una columna en Clarín que exponía que el propio ministro de Economía, Luis Caputo, habría reconocido ante banqueros que el Presidente se niega a tocar el rumbo económico pese a la caída del consumo. El insulto llegó exactamente cuando alguien puso en duda el relato oficial sobre la marcha de la economía.

Ese patrón no es nuevo. Cuando un comunicador publica algo que contradice la versión que circula puertas adentro del Gobierno, la respuesta no es el dato que desmienta la información, sino el agravio personal. Es una operación que tiene, como mínimo, un efecto funcional: cambia el tema. En lugar de discutirse si la economía real está estancada, la conversación pasa a girar en torno al escándalo del insulto, y la incapacidad de tolerar la frustración del presindente.


Pero hay otra lectura que gana terreno incluso entre voces poco sospechadas de antipatía hacia el Gobierno. Tras el mismo episodio, el periodista y médico Nelson Castro sostuvo que Milei atraviesa un "problema psiquiátrico". Distintos medios lo describieron como "desbordado" y "errático" en sus últimas apariciones. Esta hipótesis plantea algo distinto al cálculo frío: una furia genuina cada vez que la realidad se cuela por una grieta que su círculo íntimo no logra tapar.

Lo interesante es que esta duda —cálculo o descontrol— no nació con la presidencia. Ya en 2018, siendo economista y todavía sin cargo público, Milei protagonizó un episodio en Metán, Salta, que anticipa el patrón: ante una pregunta de una periodista sobre sus críticas a las políticas keynesianas, reaccionó de manera desmedida y la insultó públicamente. El caso escaló a la Justicia salteña, cayó en el fuero de Violencia Familiar y de Género, y el juez Carmelo Paz le ordenó someterse a una pericia psicológica y le prohibió dar charlas o participar en paneles en la ciudad mientras durara el proceso. El expediente terminó archivado y el contenido de esa evaluación nunca se difundió, pero el antecedente queda: hace ocho años, ante una simple repregunta periodística, reaccionó con insultos, totalmente exaltado, y un juez de provincia consideró necesario medir su estado psicológico.


El patrón, además, es sistemático y medible en números: un informe de FOPEA sobre 113.649 posteos del Presidente en X encontró que 16.806 —un 15,2%— contenían insultos u ofensas, dirigidos a 62 periodistas y 14 medios. Y cuando intentó llevar esa lógica a los tribunales ya como presidente, volvió a perder: en diciembre de 2025, la Justicia sobreseyó al periodista Nicolás Lantos tras una denuncia penal que Milei le había iniciado para intentar silenciarlo, y el propio Presidente fue condenado a pagarle más de 5,6 millones de pesos en honorarios.

Sea estrategia, desborde, o una mezcla de ambas cosas que se retroalimentan, el resultado es el mismo: desde una charla en el interior en 2018 hasta la Casa Rosada en 2026, cada vez que aparece un dato incómodo, la respuesta no es la explicación, sino el insulto. Y esa alternancia entre el cálculo político y la furia genuina —difícil de distinguir desde afuera, y quizás también desde adentro— es, en sí misma, motivo de preocupación para cualquier democracia.

Eso que pareció brindarle cierta simpatía en el público más joven, como una suerte de accionar genuino e irreverente, ha sido, por un lado, y lamentablemente, un potenciador de discursos de odio, pero, con una mirada más positiva, también ha empezado a cansar a propios y extraños, lo que esperamos pueda decantar en dejar de insultarnos, y escucharnos, y quizás así, poder conciliar objetivos comunes para los argentinos. 

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