"SI HAY QUE IR A LA GUERRA, SE IRÁ": CONCEJAL LIBERTARIO ATACÓ A LOS EX COMBATIENTES E INCITÓ A IR A LA GUERRA
Nicolás Morzone (PRO), edil de La Plata, protagonizó un escandaloso cruce en el Concejo Deliberante al acusar de "agrupación kirchnerista" al Centro de Ex Combatientes platense y arengar con un "si hay que ir a la guerra, se irá". El papelón expone los límites de una épica improvisada que el propio Gobierno nacional alimenta desde hace semanas, mientras el antecedente de 1982 recuerda que Estados Unidos, lejos de ser un aliado neutral, eligió respaldar militarmente al Reino Unido.
La repentina centralidad que el Gobierno de Javier Milei le dio a la causa Malvinas tuvo este jueves uno de sus capítulos más bochornosos. En el marco de una estrategia que La Libertad Avanza bonaerense despliega en distintos concejos deliberantes de la provincia —presentar proyectos de adhesión al último mensaje presidencial sobre las islas—, el concejal platense Nicolás Morzone (PRO) protagonizó un cruce con ex combatientes de Malvinas que terminó en escándalo.
Sentado en su banca, mate de algarrobo con terminaciones en alpaca en mano, Morzone lanzó una frase que resume bien el tono sobreactuado de estos días: "Es hora que las Malvinas sean reconocidas como argentinas. Y quiero decirle a los platonistas, a los idealistas, que los derechos no nacen por espasmo, los derechos se conquistan y si hay que ir a la guerra, se irá a la guerra". El concejal, que además citó al ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger —promotor, vale recordar, de las dictaduras latinoamericanas de los años 70— para justificar su exaltación belicista, no se guardó nada.
"Sinvergüenza" e "hipócrita" contra quienes pusieron el cuerpo
El verdadero centro de la polémica llegó cuando Morzone apuntó directamente contra el Centro de Ex Combatientes (Cecim) La Plata, que había calificado la cadena nacional de Milei sobre Malvinas como "un acto de hipocresía extrema". Lejos de matizar, el edil libertario redobló la apuesta: "¿En qué se han transformado?, ¿quién les pide tanto? ¿La Cámpora? ¿Van a renunciar a los propios valores de la Nación que fueron a discutir?", disparó, y acusó a la agrupación de veteranos de haberse "desnaturalizado" en una "agrupación kirchnerista".
Que un funcionario que nunca combatió le explique a quienes sí pusieron el cuerpo en 1982 cuál es el verdadero significado de defender Malvinas no es solo un exabrupto discursivo: es el síntoma de una épica de escritorio, construida puertas adentro de un recinto y sostenida en la comodidad de una banca, muy lejos de las trincheras. Del otro lado del recinto, concejales peronistas no se quedaron callados y le devolvieron los calificativos de "cobarde", "sinvergüenza" y "maleducado", en una sesión que debió pasar a un cuarto intermedio por la magnitud de los gritos.

Una épica que no resiste el archivo
Lo llamativo es que este fervor belicista repentino convive con una historia que el propio discurso oficial parece querer borrar. Apenas un año y medio atrás, en 2024, el mismo Javier Milei hacía subir al balcón de la Casa Rosada al ex primer ministro británico Boris Johnson, a quien le pidió como gestión prioritaria una foto con Mick Jagger. En abril de 2025 llegó a decir que esperaba que los propios malvinenses "decidan algún día votarnos con los pies". Nada de eso guarda relación con la épica del "cuchillo entre los dientes" que hoy pregonan sus concejales.
Pero hay un antecedente más profundo que la arenga de Morzone pasa por alto, y que conviene no olvidar cada vez que se agita la posibilidad de una escalada. La dictadura militar que gobernaba la Argentina en 1982 tomó la decisión de desembarcar en las islas convencida, entre otras cosas, de que su excelente relación con Washington la convertiría en aliada de Estados Unidos frente a Gran Bretaña. La Junta había sido un socio confiable de la Casa Blanca en la Guerra Fría: colaboró con la administración de Ronald Reagan entrenando y asesorando a fuerzas contrarrevolucionarias en Centroamérica y compartía con Washington el mismo anticomunismo furibundo que sostenía al régimen de Videla y sus sucesores. El cálculo de la cúpula militar era que esa cercanía ideológica pesaría más que la histórica alianza angloamericana.
Se equivocaron. Documentos desclasificados y la propia historia diplomática son categóricos en este punto: mientras el entonces secretario de Estado Alexander Haig simulaba una mediación viajando entre Buenos Aires y Londres, Washington terminó inclinándose sin ambigüedades por el Reino Unido. El 30 de abril de 1982, la administración Reagan confirmó públicamente su respaldo a los británicos y aplicó sanciones a la Argentina. Ese apoyo no fue solo declarativo: incluyó inteligencia satelital, comunicaciones, combustible, equipamiento y asistencia militar, además del uso de la isla Ascensión como centro logístico clave para las operaciones de la fuerza de tareas británica. La alianza ideológica y personal entre Reagan y Margaret Thatcher, forjada desde antes del conflicto, pesó mucho más que cualquier gesto de alineamiento que la Junta hubiera ofrecido en Centroamérica.
Ese antecedente debería servir de contrapeso frente a cualquier fantasía de que, en un conflicto real, Washington estaría de este lado por afinidad ideológica con el gobierno de turno. Ya lo probó la propia dictadura, que confió en esa cercanía y terminó sola frente a la potencia que apoyó militarmente al enemigo. La causa Malvinas es, y debe seguir siendo, un reclamo legítimo y de política de Estado. Pero convertirla en un latiguillo de ocasión —agitado en un concejo deliberante, contra veteranos de guerra, y sin memoria de lo que le costó a la Argentina confiar en ese mismo aliado en 1982— no le hace ningún favor a esa causa. Al contrario: la banaliza.