LA VITIVINICULTURA ARGENTINA ACUMULA 44 MESES EN ROJO Y CRECE LA PREOCUPACIÓN POR LA CRISIS DEL SECTOR

LA VITIVINICULTURA ARGENTINA ACUMULA 44 MESES EN ROJO Y CRECE LA PREOCUPACIÓN POR LA CRISIS DEL SECTOR

La actividad atraviesa una prolongada pérdida de rentabilidad, con precios que no alcanzan a compensar los costos, dificultades para vender vino y una caída del consumo. Productores y bodegas enfrentan un escenario complejo que amenaza la continuidad de pequeños establecimientos y reabre el debate sobre las medidas necesarias para sostener una de las principales economías regionales de Mendoza.

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Por Don Pancho 23 de octubre de 2026

Una crisis que se prolonga en el tiempo

La vitivinicultura argentina continúa atravesando una etapa de dificultades económicas que afecta a distintos eslabones de la cadena productiva. El vino y el mosto acumulan 44 meses consecutivos en la categoría roja del Semáforo de Economías Regionales, un indicador que refleja problemas persistentes de rentabilidad y comercialización.

La duración de este escenario muestra que las dificultades no responden únicamente a una mala campaña o a un episodio puntual del mercado. Por el contrario, se combinan factores que presionan desde hace años sobre los ingresos de los productores, los costos de elaboración y la capacidad de las empresas para sostener sus operaciones.

En Mendoza, donde la actividad tiene un peso central en el empleo rural, la industria y el movimiento económico de numerosos departamentos, las consecuencias alcanzan tanto a las fincas como a las bodegas, cooperativas, transportistas y proveedores.

Uno de los principales problemas es la diferencia entre los valores que recibe el productor por la uva o el vino y el costo de mantener la actividad. Cuando los ingresos quedan rezagados frente a los gastos, disminuye el margen disponible para pagar salarios, comprar insumos, realizar tareas en los viñedos y afrontar nuevas inversiones.

Precios que no compensan los costos

Durante agosto de 2026, el precio promedio pagado al productor por el litro de vino se ubicó en torno a los $290, con una disminución interanual del 5%, de acuerdo con los datos difundidos sobre el relevamiento sectorial.

La evolución de los valores representa una preocupación para quienes deben afrontar gastos vinculados con la mano de obra, la energía, el mantenimiento de los cultivos, los tratamientos sanitarios y el transporte. Si el precio de venta no acompaña el aumento de los costos, la rentabilidad se reduce y la actividad pierde capacidad para financiarse.

El problema adquiere mayor dimensión en las explotaciones pequeñas y medianas, que suelen contar con menos recursos para atravesar períodos prolongados de ingresos insuficientes. La falta de capital puede postergar inversiones, limitar la renovación de equipos y dificultar las tareas necesarias para sostener la productividad.

La pérdida de rentabilidad también puede generar consecuencias a largo plazo. Si algunos productores dejan de cultivar o abandonan la actividad, se reduce la superficie productiva y se debilita la estructura que abastece de materia prima a las bodegas.

Menor consumo y dificultades para colocar la producción

La situación económica se combina con cambios en el consumo de vino, tanto en el mercado interno como en el internacional. La menor demanda presiona sobre las ventas y dificulta que las empresas trasladen sus costos a los precios finales.

A este escenario se suma la acumulación de existencias vínicas, que puede limitar la necesidad de comprar nueva producción mientras las bodegas intentan comercializar el vino almacenado. Cuando hay una cantidad importante de producto disponible y las ventas no crecen al mismo ritmo, se intensifica la presión sobre los valores que se pagan a los productores.

La industria también enfrenta dificultades en el comercio exterior. Durante el tercer trimestre de 2026, las exportaciones argentinas de vino registraron caídas interanuales tanto en volumen como en facturación, pese a una mejora durante septiembre. En los primeros nueve meses del año, además, los ingresos por exportaciones disminuyeron mientras el precio promedio por litro retrocedió.

Estos indicadores muestran que vender más cantidad no siempre significa obtener mejores resultados económicos. Si los volúmenes aumentan a costa de precios más bajos, la facturación puede seguir debilitándose y los márgenes comerciales quedar bajo presión.

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Menos productores y riesgo para las economías regionales

La prolongación de la crisis genera preocupación por la continuidad de los pequeños y medianos viñateros. Para muchas explotaciones, sostener los cultivos exige afrontar gastos durante todo el año, mientras que los ingresos dependen de la comercialización de la cosecha y de las condiciones negociadas con las bodegas.

Cuando los resultados económicos no permiten cubrir esos compromisos, algunos productores reducen las inversiones, achican la superficie trabajada o evalúan abandonar la actividad. La salida de establecimientos puede afectar también a trabajadores rurales, contratistas y comercios que dependen del movimiento generado por la producción.

El impacto no se limita a las fincas. Una menor disponibilidad de uva o una reducción de la capacidad productiva también puede generar dificultades para las bodegas que necesitan abastecerse de materia prima. Por eso, la continuidad de los productores constituye un aspecto estratégico para preservar el funcionamiento de toda la cadena.

En el sur de Mendoza, representantes de productores, cooperativas y bodegueros vienen planteando la necesidad de mejorar los ingresos del sector, facilitar el acceso al financiamiento y encontrar alternativas para reducir el excedente de vino acumulado.

Qué medidas reclama el sector

Entre las propuestas que se encuentran en discusión aparecen las líneas de crédito para productores primarios, mecanismos para administrar temporalmente parte de las existencias vínicas y alternativas para impulsar la exportación de los excedentes.

También se ha planteado la necesidad de recuperar herramientas de prevención contra el granizo y avanzar en una planificación que permita acompañar a los establecimientos que continúan en actividad.

Estas propuestas apuntan a dos problemas diferentes, aunque relacionados: aliviar las dificultades financieras inmediatas y generar condiciones para que la producción vuelva a ser rentable. El financiamiento puede ayudar a cubrir gastos y sostener las operaciones, pero su efecto dependerá de las condiciones de acceso y de que existan perspectivas de recuperación de los ingresos.

La discusión también incluye la competitividad del vino argentino en los mercados externos. Los costos internos, la logística, los precios internacionales y los cambios en los hábitos de consumo influyen sobre la capacidad de las bodegas para vender y obtener mejores resultados.

El desafío de recuperar la rentabilidad

La vitivinicultura es una actividad histórica de Mendoza y una fuente de empleo para miles de personas. Su importancia económica excede la elaboración de vino: involucra la producción agrícola, la industria, el transporte, los servicios y el turismo asociado a las bodegas.

Por eso, una crisis prolongada puede tener consecuencias que se extienden a distintas localidades y actividades vinculadas con el sector.

Los 44 meses consecutivos en rojo reflejan la persistencia de las dificultades, pero no implican que todas las empresas o productores atraviesen exactamente la misma situación. La realidad varía según el tamaño del establecimiento, la variedad cultivada, el destino comercial de la producción y la capacidad para acceder a financiamiento o mercados.

La recuperación dependerá de que los ingresos permitan cubrir los costos, de una mejora sostenida en la comercialización y de medidas capaces de preservar la estructura productiva. Mientras tanto, el sector continúa enfrentando el desafío de evitar que la falta de rentabilidad se traduzca en una pérdida permanente de productores y capacidad industrial.

Fuentes consultadas

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