LA PAZ ABRAZA A LOS ZUGASTI: TODO UN PUEBLO ACOMPAÑA A LA FAMILIA EN SU MOMENTO MÁS DIFÍCIL
Una familia perdió a dos de sus mujeres en la Ruta 7 cuando viajaba a acompañar a Mauro, el penitenciario tomado de rehén. En las redes, en las calles y en cada mensaje, el departamento entero se puso de pie y abrazó a la familia.
Cuando uno llega a La Paz desde Buenos Aires o de la Ciudad de Mendoza, dos lugares donde uno aprende a vivir entre mucha gente, sin que casi nadie sepa tu nombre, nota las diferencias inmediatamente. Allá, las tragedias ajenas pasan por la pantalla: uno se detiene un segundo, siente algo parecido a la pena y sigue. Todo es lejano, ajeno. Hoy, en cambio, vi un mundo diferente, cómo, ante un hecho tan duro, se moviliza todo un pueblo.
Lo que pasó es difícil de contar sin que se haga un nudo en la garganta. En la madrugada de este martes, Mauro Zugasti, agente penitenciario de la cárcel de Boulogne Sur Mer, fue reducido por dos internos y permaneció cautivo casi siete horas. Los presos grabaron la escena con su propio celular y la publicaron en la cuenta de Instagram del agente, donde se lo veía atado e inmovilizado. Esas imágenes llegaron a su familia en La Paz y desataron la desesperación.
Su madre, Ana Estrada, de 55 años, y su tía y madrina, Alejandra Flores, de 52, no esperaron, querían estar ahí cerca de Mauro. Pidieron ayuda para llegar cuanto antes a la capital provincial, y la Municipalidad, como en otros casos, dio una mano, les facilitó una camioneta. Viajaron junto a un hermano de Mauro y dos preventores. Pasadas las 4:40, en medio de una fuerte tormenta con granizo, el vehículo chocó contra un árbol a la altura de San Martín, sobre la Ruta 7. Ana y Alejandra murieron en el lugar. El hermano resultó herido. Horas después, la toma de rehén terminó, tras una negociación. Mauro, entonces, salvó la vida el mismo día en que perdió a su madre y a su madrina. No hay manera de ponerle palabras a eso.

A lo que sí intentaré ponerle palabras, es lo que vino después. Es que las imágenes de Ana y Alejandra empezaron a replicarse en las cuentas de vecinos del departamento. Los mensajes se multiplicaron, cada uno distinto y todos con el mismo tenor y cercanía. No eran dos nombres en una noticia policial: eran dos compañeras, dos paceñas, dos vecinas muy queridas, de esas que un pueblo conoce de toda la vida. Y la gente, sin convocatoria ni comunicado, hizo lo que mejor sabe hacer un pueblo chico: acompañar, abrazar. No creo que exista remedio alguno para el dolor de la familia, también quiero sumarme y darles mi pésame, aunque espero que de alguna manera esa demostración de afecto, esa reacción virtual espontánea y total, les brinde un poco de alivio.
Creo que mirando hacia adentro de La Paz, aprendí algo que ninguna ciudad grande me enseñó. En La Paz el dolor no se tramita en soledad. Pareciera que de alguna manera se comparte, se sostiene entre muchos, como el sostén que necesita un techo cuando llueve fuerte.
El intendente Fernando Ubieta había puesto un vehículo municipal a disposición de una familia angustiada, y ese gesto, que nació de la solidaridad más simple, hoy pesa de un modo que nadie hubiera querido, injusta respuesta del destino a un gesto solidario. No me corresponde, ni creo que sea momento, de buscar responsables de un accidente ocurrido bajo una tormenta y la inclemencia del tiempo. Sí me tomaré el atrevimiento de escribir lo que pienso, y decir que ese reflejo de ayudar, de no dejar a los tuyos solos en la urgencia, es el mismo que hoy rodea a los Zugasti.
Hay una pregunta que me hago cada vez que llego al Pueblo: qué significa pertenecer a un lugar. Hoy creo tener una respuesta, aunque me haya llegado por el camino más triste. Pertenecer es que, cuando a una familia se le rompe la vida en una madrugada de tormenta, haya todo un mundo pequeñito dispuesto a abrazarla, aunque sea con un mensaje, una imagen compartida, una oración o un silencio respetuoso.