FE, TECHNO Y LUZ DIVINA: LA REVOLUCIÓN DEL PADRE GUILHERME HIZO VIBRAR AL ROMERO DAY Y LLEVÓ ESPERANZA A LA CÁRCEL
El cura DJ portugués ofreció una velada inolvidable en el Teatro Griego combinando ritmos electrónicos, coros e himnos de fe ante un público sumamente diverso. Unos días antes, su paso por el penal Almafuerte II dejó una postal conmovedora de empatía, inclusión y redención.
Hay encuentros que rompen cualquier molde y nos obligan a mirar las cosas desde un lugar distinto. Lo que se vivió este fin de semana largo con la visita del Padre Guilherme Peixoto no fue simplemente un recital de música electrónica más; fue una lección luminosa sobre cómo tender puentes donde casi siempre levantamos muros.
El show principal tuvo como escenario el emblemático Teatro Griego Frank Romero Day. Ante un anfiteatro colmado de familias, jóvenes ravers, grupos de amigos luciendo túnicas a modo de simpatía y hasta novias festejando su despedida de soltera, el sacerdote portugués desplegó un set donde el techno y el house se fundieron con fragmentos de discursos del papa Francisco y cánticos de fe. La energía que se respiró en las gradas fue pura celebración comunitaria, demostrando que la espiritualidad no habita únicamente en los templos de piedra, sino en todo espacio donde la gente se reúna con respeto y ganas de compartir.

Sin embargo, el hito más profundo de su paso por la provincia ocurrió horas antes, lejos de las luces principales del anfiteatro. El Padre Guilherme se trasladó hasta el penal de Almafuerte II, en Cacheuta, para compartir su música con más de un centenar de personas privadas de la libertad e inaugurar una capilla construida por los propios internos. Fue la primera vez que el cura DJ tocó en un centro de detención fuera de Portugal, y la respuesta humana fue sobrecogedora.
La postura del sacerdote respecto a su visita a la cárcel merece un apoyo contundente. Frente a una sociedad que tantas veces prefiere invisibilizar o condenar al ostracismo a quienes están tras las rejas, Guilherme eligió el camino de la presencia y el abrazo sincero. Con sus características gafas redondas, su solideo y las bandejas de mezcla, les habló a los jóvenes y mujeres alojados en el complejo sobre la dignidad, el perdón y la certeza de que nadie es la suma de sus peores errores. Ver a los internos bailar, emocionarse y sentirse escuchados confirmó que el arte y la fe tienen una potencia transformadora que rompe cualquier cerrojo.

El Padre Guilherme nos dejó una huella que va mucho más allá de lo musical. Nos demostró que cuando la fe sale al encuentro de la gente sin prejuicios ni etiquetas —ya sea en un anfiteatro repleto de luces o en el patio de un pabellón penitenciario—, la esperanza vuelve a ganar terreno.