BIDONES ABANDONADOS, OCHO INTOXICADOS Y UN PERRO MUERTO: LA ALARMA POR PESTICIDAS EN UN BARRIO DE JUNÍN
Restos de insecticida hallados en un baldío cercano a viviendas de La Colonia enviaron al hospital a ocho vecinos. El Iscamen analiza las muestras y la Justicia busca establecer quién dejó los envases, que correspondían a marcas retiradas del mercado hace al menos seis años.
La tarde del miércoles comenzó como cualquier otra en La Colonia, distrito del departamento de Junín, hasta que un grupo de vecinos de calle Espejo Este empezó a sentir malestares que obligaron a un traslado de urgencia. Ocho personas, todas adultas, llegaron al hospital Perrupato, de San Martín, con síntomas compatibles con una intoxicación. Según el parte médico, ninguna corrió riesgo de vida: cinco recibieron el alta durante la mañana del jueves y tres quedaron en observación, estables y bajo control evolutivo.
El origen del cuadro apunta a un hallazgo inquietante. Junto a un comercio dedicado a la venta de insumos agrícolas, en un terreno baldío cercano a las viviendas, había bidones prácticamente vacíos que conservaban restos de insecticida. Tras el aviso de los vecinos a la Municipalidad, intervinieron el Instituto de Sanidad y Calidad Agropecuaria Mendoza (Iscamen), la Policía, Bomberos y una oficina fiscal de turno. Un representante del organismo informó que ya se tomaron muestras y que los envases fueron retirados para su análisis. En principio, se trataría de organofosforados, un grupo de insecticidas de uso agrícola. Un medio local agregó que el Iscamen ordenó retirar del comercio dos recipientes de clorpirifós, aunque la identificación definitiva de la sustancia depende de los resultados de laboratorio.

A la preocupación se sumó la muerte de un perro. Su dueño relató a una radio de la zona que el animal murió de manera repentina tras acercarse a los bidones, y que él mismo sufrió irritación en los ojos y dolor de cabeza al aproximarse. Las autoridades todavía no confirmaron si existe un vínculo entre ambos hechos, algo que forma parte de la investigación.
Otro dato llamó la atención: los envases correspondían a marcas que dejaron de comercializarse hace al menos seis años. Eso abre interrogantes sobre cuánto tiempo estuvieron allí y quién los dejó, y las pesquisas buscan establecer responsabilidades.
Los organofosforados actúan sobre el sistema nervioso. Bloquean una enzima, la acetilcolinesterasa, lo que provoca acumulación de acetilcolina en el organismo. Entre las manifestaciones habituales de la intoxicación aguda se cuentan la salivación y el lagrimeo excesivos, las náuseas, los vómitos, los mareos, la tos y la dificultad para respirar. La velocidad con que aparecen los síntomas depende de la vía de exposición, ya sea inhalación, contacto con la piel o ingestión.

El clorpirifós, mencionado en el caso, tiene su propia historia. Fue durante años uno de los insecticidas más aplicados del país. En 2009 se lo vedó para uso domiciliario y en 2021 el Senasa, mediante la Resolución 414, dispuso la prohibición de su importación, elaboración y fraccionamiento, junto con la baja de sus registros. Si el análisis confirmara su presencia en los bidones, se abriría una línea de investigación adicional sobre el origen de ese producto. Por ahora, es una hipótesis sin confirmar.
El episodio expone un problema que el marco normativo busca prevenir. La Ley nacional 27.279, sancionada en 2016, fija los presupuestos mínimos para la gestión de envases vacíos de fitosanitarios y establece que deben ingresar a un sistema de gestión integral. El circuito comienza en la finca con el triple lavado, sigue con la entrega en centros de acopio y termina en el reciclado o la destrucción, según el tipo de envase. Mendoza tiene antecedentes tempranos: desde 1998 funciona un programa provincial, hoy articulado entre el Iscamen, la Secretaría de Ambiente y la asociación Campo Limpio. Junín, además, alberga una planta de reciclado y un centro de acopio regional.
La investigación deberá determinar qué contenían los bidones, cuánto tiempo llevaban en el lugar, quién los abandonó y si el perro murió por exposición a esos restos. Mientras tanto, el caso recuerda que un envase vacío no es un residuo común: conserva restos activos, y su descarte fuera del circuito previsto convierte un insumo productivo en un riesgo para quienes viven alrededor.