70.000 PERSONAS Y 67 MUERTOS: ¿DE VERDAD ALGUIEN CREE QUE ESTO PASÓ SIN QUE RABAT LO PERMITIERA?
Con la cifra de fallecidos ya en 67 y casi 70.000 ingresos irregulares en apenas 72 horas, la magnitud de la crisis en Ceuta reabre una pregunta que España evita formular en voz alta: ¿cuánto de "espontáneo" tiene una avalancha migratoria de esta escala en una frontera que Marruecos, aliado estratégico de Estados Unidos e Israel, puede cerrar cuando quiere?
La cifra sigue creciendo y ya asusta: 67 cuerpos recuperados en la costa de Ceuta, sobre un total de 99 migrantes muertos este año intentando cruzar a nado hacia territorio español. En apenas 72 horas, desde el jueves pasado, ingresaron a la ciudad autónoma casi 70.000 personas a través de los espigones fronterizos de El Tarajal y Benzú, un número que multiplica cualquier antecedente reciente de presión migratoria sobre las fronteras españolas en África. El Gobierno de Pedro Sánchez habilitó un espacio especial en el puerto para los cuerpos, convocó forenses de toda España y anunció una barrera neumática de 500 metros frente al espigón, mientras el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, coordina el operativo de emergencia.
Hasta ahí, los hechos. Lo que cuesta más de sostener es la versión de que se trató de un fenómeno espontáneo. Marruecos controla su lado de la frontera con vallas, vigilancia electrónica y fuerzas de seguridad desplegadas de forma permanente. Que decenas de miles de personas hayan podido concentrarse y cruzar en un lapso tan corto no es, para buena parte de los analistas consultados por medios españoles, casualidad. Hay un antecedente que lo explica: en mayo de 2021, cerca de 10.000 personas entraron a Ceuta en dos días después de que Rabat relajara deliberadamente los controles fronterizos, como represalia diplomática porque España había acogido por motivos humanitarios al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. El mensaje de entonces fue claro y quedó instalado desde ese momento: Marruecos tiene en su frontera una herramienta de presión política, y la usa cuando lo necesita.

¿Qué cambió esta vez? En marzo de 2022 España rompió su histórica neutralidad sobre el Sahara Occidental y respaldó el plan de autonomía marroquí, gesto que le garantizó a Rabat varios años de "buena conducta" fronteriza. Pero en las últimas semanas Sánchez viajó a Argelia -el rival regional de Marruecos por ese mismo territorio en disputa-, y la crisis en Ceuta estalló casi de inmediato. El Gobierno español se apura en desvincular ambos hechos; la cronología, sin embargo, invita a dudar de esa versión oficial.
Y acá aparece el dato que completa el cuadro: Marruecos no actúa solo. Desde los Acuerdos de Abraham de 2020, promovidos por Estados Unidos, el reino alauí normalizó relaciones con Israel a cambio del reconocimiento norteamericano de su soberanía sobre el Sahara Occidental. Esa alianza se profundizó este mismo enero con un plan militar conjunto entre Israel y Marruecos, y en abril con una Hoja de Ruta de Cooperación en Defensa 2026-2036 firmada con Washington. Es decir: la misma monarquía que controla el grifo migratorio de Ceuta cuenta hoy con el respaldo militar y diplomático de dos socios de peso global, algo que le da a Rabat un margen de maniobra sobre Madrid -y sobre Europa- que va mucho más allá de lo humanitario.

Human Rights Watch documentó este año una represión creciente contra periodistas y activistas saharauis dentro de Marruecos. Frente a ese antecedente, cabe la pregunta incómoda que empieza a circular en medios europeos: ¿puede Europa seguir tratando como garante confiable de su frontera sur a un régimen que utiliza a personas migrantes -muchas de ellas ya fallecidas en el intento- como moneda de cambio geopolítico? Desde Mendoza, a más de 10.000 kilómetros de Ceuta, la escena resulta un espejo incómodo de cómo las fronteras, cualquiera sea el continente, rara vez se abren o se cierran por casualidad.
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Fuentes consultadas: Euronews, LISA News